A veces uno, sin darse cuenta, cae en la espiral de lo absurdo; en el consumismo más banal y tontuno. Darse cuenta del conjunto de máscaras acumuladas a lo largo de todos estos años. Y grandes diferencias, con distintos objetivos no se perciben las mismas señales.
Y las calles de la capital británica esperan ahí fuera, con su frío temeroso y eterna inseguridad. El silencio es norma, la tranquilidad excepción.
Y no queda más que rendirse a los temblores producidos por el temor de guardar silencio, el miedo de observar sin preguntar, percibir sin estar obligado a interpretar; contemplación de la mera y eventual existencia, el silencio eterno que genera el recuerdo.
Aunque fuera por unos efímeros instantes, hemos vuelto a caer en la mediocridad, rompiendo el silencio a todos dado y por nadie apreciado. Esa silenciosa ruptura repercutirá en una mayor; no pretende el inicio.
Solslayado aquel por la vergüenza, de tímidas conversaciones sin sentido, fundamentada cada postura en diferentes registros. Percepciones irreconciliables, opiniones respetadas por la ignorancia.
Y todo ello pese las ruidosas tentaciones, que conforman vanos intentos de provocar un retroceso en los posicionamientos recuperados de aquel cajón; de la caja de cartón.
En , a 10 de abril de 2009
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